Ameyaltzin
Ameyaltzin
La Muerte de una Joven
Ella a orillas de un ojo de agua hermosísimo, donde las aguas eran cristalinas de un azul profundo como el mismo cielo, los peces nadaban en ella revistiéndola con sus múltiples colores. Alrededor de ella los sauces mecían sus hojas de un lado a otro y las flores tenían un aroma tan dulce y fresco que ella hubiera querido que fueran dulces para poder comérselas, el pasto con una textura suave y tersa su olor fresco como una mañana en primavera, y sintió la necesidad de recostarse para admirar todo aquello que la rodeaba en esos instantes. Ameyaltzin una joven con un tono de piel morena que resplandecía al hacer contacto con el sol, su cabello tan largo y negro como la inmensidad de la noche, que adornaba con orquídeas multicolor: blanca, morada, ross y amarillas, con sus pétalos tan tersos como la piel de un niño, ojos oscuros como el capulín y tenía un dulce olor a cacao un aroma tan estimulante y delicado propio de una joven azteca, en ese momento se sintió tan afortunada por vivir en aquel maravilloso lugar lleno de luz, porque todo era blanco e inmaculado y había paz y tranquilidad, al darse cuenta de esto suspiró para si y dijo:
- Tenochtitlan mi hermosa Tenochtitlan.
Procuraba disfrutar todos y cada uno de los momentos hermoso en ese lugar, es por eso que se le tenía que rendir culto a los dioses por darles las gracias para abitar un lugar lleno de vida, por eso se sacrificaban animales e incluso personas de la misma ciudad. Ella no se deba cuenta antes del porqué ocurría esto hasta ese día a las orillas de ese ojo de agua, era su uno de honrar a sus creadores, era su turno de prevalecer la paz, la salud y el bienestar de aquellos a los que amaba.
Parecía que la misma tarde sabía que ese día habría un sacrificio porque se cubrió con tonos rojizos y naranjas que daban la impresión que el cielo ardía en llamas, y parecía que el sol se ocultaba con mayor rapidez para darle una esperanza de que trajera consuelo a la joven Ameyaltzin de que esto terminaría rápido.
Cuando el sol se ocultó por completo la gente se reunió alrededor del templo mayor, quizá con un poco de asombro porque sabían que esas noches eran dominadas por el desollamiento, apuñalamiento e incluso el degüello formaba parte de su culto a los dioses y que toda la tierra se manchara de sangre con los cuerpos inertes de los sacrificados. Las estrellas y la luna brillaban como nunca sobre el cielo de Tenochtitlan y en especial la parte alta de la construcción de la que provenía un intenso aroma a copal que estaba puesto sobre sus pequeñas hornillas de las que levantaba un humo espeso alrededor del lugar.
Por fin Ameyaltzin salió a la luz que proporcionaba el fuego, adornada con joyas de jade y su pelo totalmente lacio lleno de pequeños caracoles y su vestir era sencillo y a la vez propio de la ocasión y el aroma a cacao que siempre la acompañaba fue sustituido por el olor a copal que la llenó completamente. Entre danzas, cánticos y el estruendo que producía el teponaztle que resonaba en todo Tenochtitlan.
Ella veía al pueblo que la miraba expectante y ella rogaba a los dioses que tomaran su alma esa noche para que su pueblo estuviera en paz.
Llegó el momento, se recostó sobre un altar de piedra y ahí se le acercó un sacerdote levantando un pedernal en sus manos se lo clavó en el corazón sacándolo de su lugar de origen y levantándolo para que todos lo vieran, la sangre brotaba y brotaba de un color oscuro, derramándose en el altar y en algunas partes cayendo sobre vasijas de barro, y su olor era ácido, dulzón y penetrante así se había transformado con el contacto del aire.
Se hizo un silencio sepulcral y la noche se tiño de rojo con la sangre de una joven.

jose dijo
huy esta precioso creo q tine bastante sentimeinto, esta padrisimo
me encanto.
9 Junio 2006 | 05:06 AM